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Lugar del agua

La Atlántida, más que una leyenda, que para serlo necesitaría haber sido amasada en el tiempo por la fuerza de la oralidad, es una metáfora. Platón escribió varias para ilustrar a sus alumnos

RPNews // 20 enero 2019.- Una pizca de sal * Rafael Sanmartín

Lo que faltaba. La señora corta y cambia, después de dejar el mensaje, orgullosa de descubrir el Mediterráneo. Una más y palmetazo: “No volvamos a vincular Atlántida y Tartessos”, (que nos la buscamos) porque la Atlántida no ha existido. Siquiera nos lo podemos tomar porque Tartessos sí ha existido. Menos mal, que eso no sólo no lo niega, sino que lo ratifica en la afirmación. El “descubrimiento” está en la Atlántida; ya sabíamos que ese continente perdido en el fondo del mar (sin matarile) sólo ha estado en la mente de Platón. Excepto para buceadores en fábulas, empeñados en buscar bajo las aguas del Océano, capaces de suponer “restos” del cataclismo las islas salpicadas entre América y Euráfrica, todos sabemos que la Atlántida es una leyenda. Algo claro para todos, menos para quien no lo quiere ver. El movimiento de placas, la deriva de los continentes, llevó la tierra firme desde el agrupado “Pangea” a la división que hoy conocemos

La Atlántida, más que una leyenda, que para serlo necesitaría haber sido amasada en el tiempo por la fuerza de la oralidad, es una metáfora. Platón escribió varias para ilustrar a sus alumnos. Unas cuantas páginas del “Timeo” y el “Critias” más la obstinación de dar forma a una historia ejemplar, han dado supuestos investigadores que han sacado de quicio la intención del creador de La Academia, al plantear teorías tan disparatadas, como la de que la cordillera subterránea existente en el centro del Océano es el resto del “Continente sumergido”. No debemos ni podemos ignorar que el Atlántico, formado por la separación de las placas oceánicas, tiene algo más de setenta millones de años y esa cordillera sí es resto de la separación; pero no existe el menor indicio de la existencia de ningún continente ni isla de gran tamaño aparte de Canarias, Azores, Madeira y El Caribe, resultado también del mismo alejamiento, de la ruptura del Pangea. El Océano ocupó el espacio dejado por la separación y recibe su nombre de la suposición extendida, de que, supuestamente, allí se encontrara el más deseado que desgraciado continente, cuya primera sílaba “atl”, significa “lugar del agua”.

“Casualmente” el prefijo “and” es la traducción literal al árabe, del griego “atl”. La locución “Jazirat al Andalus” (la isla Atlántida), da nombre a la provincia sur del Emirato, como recogió Amador de los Ríos de las “crónicas andalusíes” y confirmó Joaquín Vallvé. Pero, entre una y otra locución, el prefijo se transformó en “talt”-“tart”, como se forman las palabras: por evolución lingüística. Porque “Talt”-“Tart”, también significan “lugar del agua”, ambas dos, la segunda por deformación fonética de la primera. La existencia de Tartessos la reconoce hasta la profesora madrileña, en su propia negativa a relacionar lo que está relacionado por su naturaleza, es decir, Tartessos y Atlántida. “Tart” y “Atl”, prefijos de idéntico significado. Platón conocía la existencia y ruina de Tartessos, hundida su economía por el cierre de los estrechos, que cortó sus comunicaciones y comercio con el otro extremo del Mediterráneo. Y lo idealizó. Lo transformó en una historia ejemplar, en la que, tras alcanzar el apogeo de riqueza y civilización, se perdió por la acción de superiores fuerzas externas. En la historia real esas fuerzas fueron la coalición etrusco-cartaginesa, superior en capacidad guerrera, pero ni económica ni cultural, la que asfixió y arruinó la economía tartesia.

Si se comprendiera el contenido edificante de la parábola, la fijación mental de hacerla leyenda no se obstinaría en negar su significado real a los prefijos, ni un palmetazo querría “ilegalizar” la relación causal que une “Atlántida” y “Tartessos”. El pretendido “golpe de autoridad” contra esa probada relación,  desautoriza a quien pretende desautorizar lo que, más que una relación, es identificación íntima.

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